Los destellos de la mañana comenzaron a colarse entre las persianas de la habitación. Sam abrió los ojos con pereza. Era temprano, a juzgar por la claridad. Tanto, que aún su despertador no había sonado. Se llevó las manos a los ojos, donde frotó intentando tomar conciencia de un nuevo día, y al hacerlo, sintió el olor de la habitación cargado. Al girarse sobre sí misma, pudo observar que Ares estaba allí, a su lado, tan profundamente dormido y con aspecto tan agotado, que a penas roncaba. A la chica se le escapó una ligera sonrisa, la cual rápidamente se esfumó. Al destapar un poco a su pareja de la sábana, descubrió que se había acostado con la camisa interior de su uniforme. ¿Por qué? ¿Tan cansado había terminado su jornada? Estaba sucio. Su cara estaba surcada por manchas oscuras. Era él quien portaba ese olor chamuscado y varonil tan característico. Sam sintió pena por él. A veces se esforzaba demasiado. Ese trabajo suyo últimamente no le estaba dando tregua. ¿Quizá por eso habían florecido en los últimos meses su deseo de tener una familia completa? ¿De casarse y... tener hijos? Sam y Ares no lo habían hablado aun, pero la chica lo sabía. Hacía seis meses que habían dejado de utilizar protección y él no había comentado nada al respecto. Se había normalizado aquella costumbre y él se mostraba.. expectante, saltaba a leguas lo que quería. Quizá un hijo era lo único que podía darle ilusión al llegar a casa, cansado, derrotado. Tragó saliva, sintiéndose aun peor. Salió de la cama sin hacer el más mínimo ruido y apagó el despertador antes de que este tronase y despertase al hombre. Tras un suspiro, dejó a Ares descansar.
Sam se duchó para luego ir a la cocina. La costumbre era que si Ares trabajaba de noche, ella dejaba el desayuno preparado, y eso hizo. Dejó la mitad de la porción de huevos revueltos en la sartén cubierta con una tapa, mientras que la otra mitad, se la zampó con un poco de pan sentada en el sofá. Puso las noticias. Normalmente, no prestaba atención, pero era un medio rápido de no sentir el silencio de la casa de forma tan intensa. Los informativos pasaban uno tras otro mientras terminaba de desayunar, y entonces, la cantidad de incendios que se sucedieron la anterior noche en la ciudad captaron su atención. Eran muchos, de magnitudes importantes, en parques, estaciones y edificios de los barrios pertenecientes a la periferia de la ciudad. Aun algunos, aunque bajo control, seguían activos con riesgo de extenderse. ¿Por qué? ¿A caso un pirómano andaba suelto? Ahora entendía por qué Ares tenía ese rostro tan cansado incluso dormido. Apagó la televisión con el mando, frustrada, sin ánimos de seguir oyendo otras noticias. Tomó el bolso del perchero que había tras la puerta y las llaves que reposaban en el cenicero de la entrada y se marchó.
Sam trabajaba en el hospital público situado al norte de Nueva Roene. Su labor como enfermera era tranquila. No ocupaba un puesto de excesiva responsabilidad. Solo ayudaba a los doctores, llevaba comida a los enfermos y se aseguraba de que todo estuviese bien al rededor de ellos. No le disgustaba su trabajo, pero siempre había aspirado a más. En su piso, guardaba algunos libros de medicina y cirugía con la esperanza de poder examinarse algún día y ascender, pero sabía que si ese día llegaba, estaría muy lejos. Apenas tenía tiempo, y si Ares quería tener una familia, sería totalmente imposible incluso soñar con ello. No le importaba sacrificar sus sueños por él, pues era la única persona con la que contaba en su vida. Él era, a todas luces, su única familia. Sin embargo, no podía dejar de sentir esa inseguridad, esa duda, ese miedo de que algo no iba bien en ella, y eligiese lo que eligiese... todo iba a acabar mal.
El metro de Nueva Roene llegó puntual a la estación más cercana al piso de Sam. La chica no tenía permiso de conducir, en primer lugar, porque no tenía agallas para conseguirlo, y en segundo lugar, porque su sentido de la orientación era pésimo. Siempre había preferido usar transporte urbano. Era tranquilo, sin estrés, sin tráfico. El vagón en el que montó, estaba lleno de trabajadores como ella, encaminados a comenzar su jornada laboral. Había niños con mochilas en la espalda, preparados para ir al colegio. También había ancianos, quienes quizás viajaban para visitar a alguien. Había... humanidad. Sam sonrió, no supo por qué. Siempre le había gustado la gente, aunque siempre hubiese estado sola.
Cuando el metro hizo su parada cerca del hospital, un gran número de personas se vajaron junto a la chica. Sam anduvo con prisa, subiendo las escalinatas del metro tan rápido como pudo. Al salir de la boca del tunel y llegar a la acera que había justo en frente del hospital, percibió nuevamente un olor cargado, chamuscado, pero distinto al de Ares. Sin darle mucha más importancia, cruzó la carretera y se adentró en el hospital.
El turno de Sam ocupaba toda la mañana y parte de la tarde por lo general. Sin embargo, aquel día ocurrió algo que nunca había sucedido antes. Ingresaron al medio día una familia casi completa al área de cuidados intensivos, que ocupaba una planta por completo. La chica vio pasar las camillas llevadas por los enfermeros a toda prisa mientras terminaba de explicar los resultados de una analítica de una chica joven a sus padres. Curiosa, caminó por los pasillos, que estaban divididos en función de la gravedad, intentando saber en qué lugar estarían interviniendo a los ingresados. Tras unos minutos, oyó ruidos y quejas al final del último pasillo que componía la planta. Era un pasillo alejado. Un pasillo complicado, alejado de todas las salas y habitaciones. Un pasillo en el que no debería estar. Algunos médicos se adelantaron a su paso, entrando en aquella sala de operaciones tan especial. Parecían preocupados. Parecían tener miedo -¿Qué demonios...?-
-¡Eh! ¡Señorita!- un hombre joven la tomó del hombro, impidiéndole seguir. Vestía por completo de blanco. A las espaldas de la chica, comenzaron a llegar más como él, cargando un equipo técnico que dio escalofríos a la chica.
-¿Qué...? ¿Qué está pasando?-
-Señorita, no puede estar aquí ¿De acuerdo? Solo personal autorizado-
-¿Personal autorizado? Soy enfermera, trabajo aquí- contestó algo inquieta
-Lo sé, pero solo el personal autorizado lleva esto colgado- el hombre mostró una tarjeta de identificación hospitalaria que Sam jamás había visto. Y desde luego, ella no tenía una igual.
-¿Puedo saber qué pasa al menos?-
-No lo sabemos aun. Se nos ha dado orden de poner el ala en cuarentena-
-¡¿Cuarentena?!- A Sam casi se le escapa el corazón del pecho.
-Quizá no sea nada, tranquilícese. ¿Es usted la encargada de esta planta?-
-No... osea, sí. Me muevo por varias-
-Procure dar un mensaje de tranquilidad y...- Justo en aquel momento, el par de puertas enormes de la habitación de la que provenían los ruidos, se abrió. El Doctor Erald, un buen hombre al que Sam había asistido muchas veces, salió de la sala lleno de sudor.
-Oh, Sam, estás aquí... bien. Mejor-
-¿Qué ocurre? ¿Qué pasa ahí dentro?-
-Algo que voy a identificar antes de que termine el día, tranquila. ¿Se ha acabado tu turno?-
-No, aún me queda una hora-
-Da igual márchate ya. Tu y todos los que tu turno, encárgate de decirlo.-
-¡¿Por qué?!-
-El equipo va a desalojar la planta. Los enfermos van a ser trasladados para mayor seguridad. No quiero más personas de las necesarias aquí ¿De acuerdo?-
-Sí... pero... ¿No puedo ayudar? ¿No puedo hacer nada?-
-No correremos riesgos. Tus conocimientos no son útiles ahora, así que vete a casa. Sólo encárgate de decirle lo mismo a los demás- Aquellas palabras, aunque comprensibles, ofendieron ligeramente a la chica, que se sintió rápidamente una inútil. -Mañana ocupa tu turno tranquila, seguro que todo habrá terminado- Sam asintió, sin añadir nada más. Luego, se marchó.
Tras avisar a todos los enfermeros de la planta para que se marcharan, la chica volvió a casa. Por supuesto, Ares no la esperó tan temprano allí, de forma que se asomó a la entrada, extrañado. -No me toques ¿Vale? Voy... voy a la ducha- Ares no comprendió nada -¡Solamente no me toques!- El hombre le dejó paso a su chica, quien corrió hacia la ducha y abrió el grifo a toda presión. Casi se oía en toda la casa.
Sam salió del baño media hora después, con la piel roja y desnuda. Ares la había estado esperando fuera todo el tiempo. Si bien en un momento pensó que aquella desnudez era una invitación, al ver la piel roja se detuvo. No había heridas, no era nada grave. Sólo que Sam se había bañado con mucho esmero. -Es que... ha pasado algo hoy en el hospital. Hay una zona de cuarentena y he estado muy cerca. Parece peligroso- Ares se extrañó. No había oído nada en las noticias. -No están dejando entrar a la prensa. Vi a la salida algunos periodistas esperando en la puerta. Salí sin uniforme, así que no me atosigaron- suspiró. Lo cierto es que estaba algo asustada. Aquello el hombre pudo verlo, que la abrazó como el sólo sabía, como sólo él podía hacerlo. Seguramente, no sería nada...
Aquella noche, el chasquido de los besos inundó toda la habitación. Sam estaba sobre Ares, desnuda, moviéndose a un compás tan lento que hacía fuego. Era la noche libre del hombre, razón de más para aprovecharla. Sam se comía a besos a su pareja conforme comenzaba a jadear. Dejó que se adentrase en ella, y entonces, aparecieron los gemidos. Sam y Ares sudaban, se besaban, se agarraban, se mordían con deseo. -Te quiero...- susurró. -Te quiero...- La sensación era perfecta. La noche, aún más. El clumen hubiese sido perfecto, de no ser porque el móvil de Sam comenzó a sonar desde la mesita de noche. Quisieron ignorarlo, pero no dejaban de llamarla constantemente. -Lo siento cielo... tengo que cogerlo...- Ares bufó y ella se apartó de su regazo. En la pantalla del móvil, aparecía el número del Doctor Erald. -¿Sí? ¿Doctor Erald?- preguntó, cubriéndose el pecho con la sábana.
-Sam, siento molestarte, sé que es muy tarde-
-No... no te preocupes.-
-¿Has leído el correo que ha enviado la junta a todo el personal?-
-No... no he leído nada, lo siento, estaba ocupada- se mordió el labio.
-Tranquila, les ha pasado a varios, por eso os estoy llamando. Sam, mañana tienes que cubrir un día entero, lo siento-
-¡¿Un día entero?!- Al decir aquello, Ares se incorporó y se puso al lado de su chica para oír mejor.
-Lo siento, Sam. De verdad, no es decisión mía. Se ha aprobado en junta, como un gabinete de crisis.-
-¿Como?-
-Verás Sam... se nos está yendo un poco de las manos. La familia ingresada hoy... aún no sabemos que tiene. Son muy inestables. Esta noche se han ingresado a varios más. Esta vez no son familia, no son personas que tengan una relación clara entre sí. Nos cuesta saber qué esta ocurriendo. Por eso, el turno de esta noche ya esta cubierto, pero mañana estaremos varios profesionales y yo trabajando en ello, necesitamos personal que cubra cualquier posible urgencia e impidiendo a la prensa entrar, por eso se te pide que estés todo el día. Lo siento-
-No, no pasa nada... estaré allí-
-Hasta mañana, Sam-
-Hasta mañana- Aun con la llamada colgada, Sam mantuvo unos minutos el móvil en las manos, reflexiva, siendo consciente de lo que estaba ocurriendo. Ares besó su hombro, sugiriéndole que durmiese ya. Era lo mejor, y eso hizo él. El momento íntimo de ambos se vio interrumpido de aquella forma tan inesperada, un momento que llevaban esperando desde hacía unos días. La habitación denotaba frustración. Y con ese sentimiento, Sam se echó sobre el colchón... y a penas pudo dormir. Algo malo estaba pasando.
Tal y como predijo, la nueva jornada fue un caos absoluto. Sam estuvo todo el día ocupada, atendiendo a enfermos lo mejor que pudo, a veces, con tareas por encima de su propia competencia. El estrés de dar explicaciones a los familiares de los pacientes de por qué los doctores no estaban atendiendo todas las necesidades, fue sobrepasándola poco a poco. Y lo peor, fue ver a gente de blanco andar de aquí para allá, ver a médicos correr de un lado a otro y oír gritos, quejidos y ruidos fuertes desde la planta en cuarentena. No, realmente eso no fue lo peor.
Cayó la noche y Sam estaba ya destrozada, con unas ojeras enormes y unos nervios a flor de piel incesantes. Tuvo poco descanso, y por eso, cuando juró que había oído a Erlad gritar desde las escaleras, pensó que se trataba de un producto de su imaginación. Sin embargo, a los pocos segundos, ahí estaba él. Cayó por las escaleras, dándose un fuerte golpe en la cabeza que comenzó a sangrar. Sam y otros enfermeros que andaban por la planta inferior a la que estaba en cuarentena, gritaron, se asustaron y corrieron a asistir al doctor.
-¡No! ¡No le toquéis! ¡Quietos!- gritó la Doctora Sully desde arriba de las escaleras. Estaba llamando por móvil, alteradísima -¡Sí! ¡No podemos aguantar más aquí! ¡Envíenlo como al resto! ¡Por favor!- tras gritar aquello, guardó el móvil en el bolsillo. Podría decirse que ni si quiera colgó. Bajó las escaleras y cargó por las axilas al Doctor Erald hasta la planta de arriba. -¡Marchaos de aquí! ¡Fuera! ¡Decidselo a todos! ¡Las familias! ¡Los pacientes! ¡¡¡Marchaos todos!!!- En un principio, la gente no entendió, pero conforme más gritos se oían desde la planta de arriba, el pánico estalló en el hospital.
La gente gritó, corrió. Muchos se fueron, otros cargaron a los enfermos hacia fuera sin saber que estaba ocurriendo realmente. Sam se hubiese marchado, pero fiel a sus principios, decidió quedarse y ayudar a las familias a tranquilizarse o marcharse. Por desgracia, sus buenas intenciones no perduraron demasiado. El hospital fue asediado por un enorme grupo de militares, vestidos de negro y armados. Rodearon cada habitación, cada pasillo y cada rincón del hospital, instaurando el auténtico pánico. La mayoría se dirigieron hacia la zona en cuarentena y los disparos, fueron el detonante de la auténtica locura. Sam gritó de terror. Había tanta gente corriendo que no supo donde ir. Las puertas del hospital comenzaron a cerrarse, dejando a muchísima gente dentro sin escapatoria. Por megafonía, una voz tranquila, explicaba a los pacientes, familiares y personal, que serían todos puestos en cuarentena para tomar precauciones sobre un posible contagio vírico no identificado. No... no. Un contagio vírico se hubiese mostrado hacía horas en las personas, no podía ser verdad y Sam lo sabía. La chica corrió hacia el área del personal, donde estaban las taquillas con los uniformes. De ahí, se dirigió a la cafetería. Muchos como ella, salieron por la puerta trasera de la misma, aún sin blindar. El encargado estaba ayudando a los enfermeros que conocían aquella puerta salir y fue el último en hacerlo antes de que llegasen los militares.
Sam corrió por la acera, sin saber muy bien hacia donde ir, con los ojos enlagrimados. Se detuvo cuando estuvo cansada. No quería coger el metro. Sentía auténtico pánico. Tomó el móvil. Las manos le temblaban tanto que le costó marcar el número de Ares. Lo hizo dos, tres y cuatro veces, pero el hombre no tomaba su llamada. ¡¿Donde estaba?! Al dar un vistazo general a toda la ciudad, se percató de que no solo el hospital estaba en problemas. Estaba desesperada, quería volver a casa y sin tener ni idea de donde estaba Ares... solo pudo marcar el número de Ethan.
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